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Domingo, 10 de Noviembre del 2013

Bien negros. Bien conurbas. Bien argentos.

Tal vez en la negritud de los conurbanos argentinos esté lo mejor de nuestra identidad. Quizás allí, de esa piel oscura y profunda, nazca nuestra política, el más alto y universal de nuestros valores. Aunque sea de difícil comprensión para los no argentinos. Aunque los terratenientes agroexportadores, la curia capitalista, el milico servil y los políticos de embajada lo hayan perseguido una y treintamil veces, el argento conurba no se borra. Siempre vuelve, siempre está. Para ellos y ellas entonces esta definición, esta joven Cátedra Bárbara.

Según el stablishment internacional, la Argentina trascendente es la que importa y exporta. Y ninguna otra. Su modelo civilizador, su razón universal... carece de razón. Porque obedece al apetito imperial de sus gobiernos y la brutalidad asesina de sus ejércitos. Todos los golpes de estado que han sido, lo fueron al servicio de la banca, las cerealeras, las petroleras y el interés geopolítico extranjeros. España, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, son las máscaras con las que el capital cubrió su rostro en Argentina. Rostro universal, único e inconfundible, que debe esconderse para que los Pueblos del mundo no lo reconozcan y se unan en su contra. Capital que ha logrado naturalizarse como algo más del paisaje. No ya producto cultural, no ya cruel invención humana. No ya artificio que, por la ambición materialista de sus cultores, favorece a unos y perjudica a otros arbitrariamente. Como solo Marx lo retrató hace 150 años... y como sigue siendo hasta hoy día. Los historiadores también lo ocultan. En sus abultados registros, la mención sumaria de acontecimientos, batallas, guerras, pestes, hambrunas, expediciones, descubrimientos, no señalan su influencia causal. Parece un tema más entre otros, un adjetivo extra... nunca la razón fundante. Salvo excepción (Milcíades Peña, Scalabrini Ortiz, Hernández Arregui, Arturo Jauretche, Norberto Galasso), los historiadores argentinos son tan neutros al capital como pudieron haberlo sido Homero, Virgilio o Platón. Y en esa neutralidad le son funcionales. Perdiéndolo en la acumulación, lo favorecen: ocultan al asesino, protegen al culpable.

Peores son los economistas. Formados en el vientre fétido de la bestia, pretenden elevar el capital a ley de la naturaleza. Se dicen ellos mismos científicos y exactos. E igual para su materia de estudio, el capital que los parió, su perverso padre (al que consideran un fenómeno cósmico, planetario, global, tan universal como pueden serlo la lluvia o el sol). No denuncian su característica cultural, su origen humano y voluble. Muy por el contrario, la niegan. Soberbios en la mugre, se revuelcan en sus propias inmundicias: con discurso agresivo, descalificador, denigran a quien confronte con ellos
o el capitalismo, ese hecho consumado al que juraron lealtad y obediencia. No hay economistas populares: son todos gorilas, de derecha, aún los progres. Y no tienen ciencia ni exactitud. Es una pose, una fachada verosímil para su pensamiento contradictorio, su falta de ética, su debilidad argumental.

Por eso esta puesta en valor del conurbano.

Porque a pesar del adoctrinamiento de derecha (que la radio, la tele y el diario bombardean disciplinada, cotidianamente) hay esperanza en el villerío. No la de zafar aislados, solos, sino la de seguir juntos, en manada.

Y esa esperanza compartida, esa sana ambición, común y popular, es revolucionaria.

Aunque algunos (quizás muchos, nunca demasiados) hayan sucumbido al embrujo estéril de la sociedad capitalista, en el pobrerío argento hay semillas de nuestra rebelión originaria. Algo de malón, de montonera, contra el huinca capitalista y el fortín, que alambró el campo libre, el campo de todos. Algo de 17 de octubre por el bien común, en defensa propia, de clase. Algo de Cordobazo contra la empresa capitalista y su milicada golpista. Algo popular y democrático, de los derechos humanos, por los treintamil y contra el genocidio. Una reivindicación conurba que exige respeto hasta de la yuta que la reprime. Barrios populares: crueles territorios de la injusticia, sucios jardines de la insurrección política, cuna potencial del proyecto de liberación.

 

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Bien negros. Bien conurbas. Bien argentos.